Amparo Blay

Comité Ejecutivo Cultura e Historia.

“Te miro con extrañeza hija mientras espero que nos digan por donde se entra a este sitio tan bonito, porque sí somos muchos y casi todos ancianos. Estás llorando y no sé si lo haces por quedar bien ante la familia o porque por fin has comprendido que eres parte de mi lamentable muerte, sola, abandonada escuchando los gritos de desesperación de mis compañeros de residencia.

Voy a contarte una historia, sabes que sentí mucho tu decisión y la de tu hermano de meterme aquí, vender mi piso y repartiros el botín a escondidas miserablemente, pero las madres nacemos con un botón en el corazón que nos permite perdonar a nuestros hijos por muy mal que se comporten con nosotros.

A lo que iba, cuando empezó esta locura en este hogar para viejos apenas notamos nada, la vida aburrida seguía su curso sin grandes aspavientos.

Hasta que llegó alguien con cara de susto, un burócrata, funcionario de no sé qué consellería, ya sabes que no oigo demasiado bien desde hace años. Y todo cambió, nos encerraron, si como hicieron con los judíos o los rusos, acabamos metidos en nuestros cuartos sin ninguna explicación.

Nos traían la comida y nos dejaban salir al baño por turnos. Recuerdo que te llamé y me contestaste con evasivas, tú tampoco sabías qué pasaba y por supuesto aunque en tu casa tampoco se te permitía salir a la calle, solo a comprar.

Los primeros días la gente resistió, asustados pero con la esperanza de salir en breve del encierro, cuando pasó una semana, los ancianos comenzaron a gritar, si querida hija, gritaban y sus gritos se te clavaban en el alma como agujas encendidas.

Pero eso no fue lo peor, que va, algunos dejaron de gritar y por la ventana llegaron los ataúdes, como una fila de hormigas una detrás de otra y entonces comprendí, aquello era la muerte en mayúsculas, empecé a asustarme y te volví a llamar, todavía los familiares se podían llevar al anciano a casa, era el principio de la masacre. Recuerdo que supliqué y lloré hasta quedarme sin lágrimas, nada ablandó eso que tienes por corazón.

Así que recé, yo que soy atea recé, para que aquella pesadilla terminara de una vez, porque me faltaba el aire, ya no se oían gritos, supuse que o estaban muertos o drogados, perdona que sea tan cruda, pero la verdad hay que contarla aunque te hiele la sangre.

Ya no me importaban los días ¿para qué? Todo me daba igual, la comida no sabía a nada, las enfermeras, el personal iban con mascarillas y salían corriendo tras cerrar la puerta, así que la vida se hizo insoportable, ni siquiera comía por miedo a que hubieran puesto algún veneno.

Tú ya no volviste a llamar, supongo que enfrascada en tus propios miedos te olvidaste de la madre que te dio la vida y me borraste de tu memoria y no te culpo, cada uno elige aquello a lo que amar y cuidar. 

Así que un día tomé la decisión con ochenta años, ya era la hora, jamás nadie me puso barrotes, como mujer viví libre de convencionalismos y así quería morir. Si esta gente que cobraba por cuidarnos ya no iba a hacerlo el sentido de la vida se vaciaba de contenido, sencillamente nada importaba, ni los míos me querían.

Me tumbé en la cama, sola con mis pensamientos, mi mente viajando a lo largo de toda mi vida y escuchando los latidos de mi corazón cada vez más tenues, ni siquiera se dieron cuenta, pasé a engrosar una estadística maldita, obscena y poco más. 

Y me trajeron aquí al tanatorio, donde ambos tú hermano y tú os habéis dignado a acudir.

Ya está fin de la historia, de mi historia, porque esto acaba de empezar, el mundo ha perdido la caridad y la razón y la muerte campa a sus anchas sin que nadie le tosa.

Tranquilos estaré bien, rezaré por vosotros ya que lo vais a necesitar, besa a mis nietos y cuéntales lo que quieras, en realidad me importa poco.

Hasta siempre hijos”.

Este relato es totalmente ficticio, no estoy justificando nada y no pretendo señalar a nadie, hubo hijos que lucharon como jabatos para sacar a sus padres del infierno y ganaron, pero muchos ancianos se nos han ido solos, asustados sin comprender nada. Los abuelos que vivieron una guerra cruel que perdonaron, han muerto como perros y quiero ser su voz, se lo merecen, nuestro agradecimiento con lágrimas y una pena muy honda que ya no se irá.

Necesitaba escribir esto, sacarlo de las entrañas, llorarlo, como millones de hijos, nietos en todo el mundo, un adiós demasiado difícil y una impotencia que te araña el corazón.

Por ellos “In Memóriam” 

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 

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